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LA RANA MARI JUANA.



En el noroeste de una ciudad no tan lejana, se situaba un enorme y hermoso parque llamado “García Sanabria”.

Tenía el parque una gran cantidad de árboles, césped, flores y varios senderos de tierra que conducían todos a un mismo lugar: el estanque.

Era ese estanque, el lugar preferido por todos los niños; grandes y pequeños se reunían allí todas las tardes para lanzar piedritas al agua y ver como se formaban en ella círculos concéntricos sin fin. También jugaban a remover el agua con alguna rama de las que se hallaban tiradas por los senderos; les encantaba ver como se enturbiaba el agua al mezclarse con la tierra que había en el fondo, pero lo más que les gustaba era ver a las ranas y los peces que allí habitaban.

Precisamente la historia que les quiero contar es de una de las ranas que vivían en el estanque: la rana Mari Juana.

El frío invierno estaba por acabar y el sol ya comenzaba a recorrer con más ánimo el ancho cielo azul. En el estanque había mucha expectación y alegría porque la rana Mari Juana acababa de cumplir su más anhelado sueño: el de ser madre.

Sí, Andrés ya había nacido y ahora se encontraba entre sus brazos, o mejor dicho, entre sus ancas. Y era Andrés, a los ojos de Mari Juana, el más preciosos hijito del mundo.

Día a día, madre e hijo jugaban, comían, charlaban se divertían y dormían juntos. Eran inseparables.

Pero el tiempo pasó y Andrés se hizo mayorcito, y comenzó a darse cuenta de algunas cosas, como, por ejemplo, que él no tenía ancas de rana como su madre y que su piel estaba cubierta de diminutas escamas, que la piel suave de su mamá no tenía.

Así que, un buen día, Andrés le preguntó a su mamá la rana Mari Juana, que por qué él era tan diferente y no se parecía en nada a ella.

La rana Mari Juana vio que su hijo ya estaba preparado para escuchar algo importante que ella debía contarle.

´”Verás” -le dijo la mama- “algunas madres tienen a sus hijos de sus barriguitas, pero otras, como yo, no podemos tenerlos. Por esa razón, hace algún tiempo tomé la decisión de adoptarte para que fueras mi hijo querido y sin duda esa ha sido la decisión más acertada que he tomado en mi vida. Por esa razón no nos parecemos, pero el parecido físico no es tan importante, lo que en verdad importa son los lazos de unión que hay entre nosotros. Esos lazos de amor incondicional que existen entre madre e hijo.”

El pez Andrés (que esto es lo que él era), entendió lo que su mamá le explicó y comprendió que más importante que su aspecto era la relación que había entre él y su mamá. Eran madre e hijo y eso nada ni nadie lo podía cambiar.

Después de esta agradable y reveladora charla, la rana Mari Juana y el pez Andrés, más unidos que nunca, nadaron hacia la superficie para estar con los niños que ya habían llegado a jugar en el estanque como cada tarde.



A propósito, si eres tú uno de esos afortunados niños que juega en el estanque del García Sanabria y ves a una rana enorme, y muy cerca de ella a un pez diminuto ya puedes saludarlos por su nombre: son la rana Mari Juana y su hijo, el pez Andrés.

Autora: Milagrosa Torres Cruz



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